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La montaña

lunes, 9 de agosto de 2010 0 comentarios

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Quiero dedicar este post a una persona muy querida, mi amiga Chary Ambía, con quien me une una entrañable amistad desde hace ya muchos años. Y aunque el destino nos ha separado geográficamente, nuestras almas se han negado a distanciarse y a disolver ese sólido y atávico vínculo de amistad que nos ha unido desde hace ya tantos años. Agradezco al destino que me haya obsequiado una amistad así. Y desde aquí le mando a mi querida Chary un cordial saludo, y toda mi gratitud por el imponderable don de su amistad.
La vida es un camino, cuando menos es lo que yo siempre he creído. Y como todos los caminos, éste tiene un derrotero, un destino a donde habremos de llegar. Ese destino es a veces tan ambiguo, tan inapresable por nuestro pobre entendimiento, que nos es prácticamente imposible definirlo y entenderlo en su totalidad.
Hay quienes dicen que hemos venido al mundo a ser felices. Algunos otros sostienen que el propósito de la vida es ser más conscientes, más sabios. Otros han afirmado que hemos venido a ser más libres. Y no faltan tampoco quienes creen, que no hemos venido a nada, es decir, que somos un desafortunado accidente de la naturaleza, que ha desarrollado la conciencia de percibir la eternidad, pero se nos ha negado la oportunidad de participar de ella… cosa más triste.
La lógica, fría e impersonal, da una probabilidad igual, a cualquiera de las alternativas anteriores. Pero el sentido común y una cálida intuición, reprueba ésta última y niega que seamos tan solo un desafortunado accidente de la naturaleza. Yo, particularmente, me inclino a creer, que el destino de todo ser humano no solo es ser feliz, o sabio, o libre, sino las tres. Pues creo firmemente que la sabiduría nos da libertad, y felicidad. La libertad, nos proporciona sabiduría y felicidad. Y la felicidad, nos conduce a la sabiduría y nos hace libres. Dado que sabiduría, libertad y felicidad son tres aspectos mediante los cuales se expresa nuestra propia alma. Y soy de la idea que finalmente hemos despertado a la vida para ser más conscientes de nuestra propia grandeza, de nuestro propio poder, de ese pedazo de eternidad que ha sido alojado en nuestra alma.
Pues bien, sea cual sea el destino que la vida nos tiene deparado, lo cierto es que éste es solo el colofón que adorna y corona todos los esfuerzos que hemos realizado a lo largo de nuestra vida. En otras palabras, todos los caminos nos llevan a un destino, pero sólo llegaremos a él si caminamos, si avanzamos. Pues el camino por sí mismo no nos lleva a ningún lado, hace falta recorrerlo, y eso, ciertamente sólo depende de cada quien.
En mi opinión, la vida es como una montaña que todos debemos de escalar, y hay tantos caminos como seres humanos existen. Algunos eligen senderos largos pero fáciles, que van bordeando la montaña por los lugares menos empinados y agrestes. Otros prefieren llegar más rápido y se aventuran por caminos más directos, pero menos cómodos, más accidentados y a veces francamente más peligrosos. Estos son los espíritus fuertes, que no pierden de vista, que lo importante es llegar a la cima de la montaña. Y si no hay camino visible, ellos lo buscan, o lo hacen.
Pero hay personas, que simplemente siguen la enorme procesión de gente, que solo anda, y anda de forma inconsciente. Que sigue el camino ollado por todos, y ni siquiera se cuestiona porqué camina y si ese sendero le llevará a un destino favorable. Sencillamente asumen de forma tácita que tienen que caminar, que tienen que vivir, o mejor dicho vegetar en una vida sin razón ni propósito, porque eso han hecho sus padres, y antes que ellos, sus abuelos, y así, incontables generaciones, y es simplemente lo que todos “deben de hacer”. Este camino ofrece varios engañosos beneficios, pues quien vive así, sumido en esta gris inconsciencia lleva una confortable existencia, sin riesgos, sin grandes peligros, sin comprometerse seriamente con nada, y con esa dudosa satisfacción de que está haciendo lo correcto, porque es lo que todo mundo ha hecho siempre.
Sin embargo, en las almas más sensibles, se manifiesta esa vaga sensación de que en esta vida debe de haber algo más que solo repetir estérilmente, ese tiránico programa social que castra el instinto ascensional de todo espíritu humano. Ya que este camino no asciende hacia la cima de la montaña, sólo la bordea, llegando al lugar donde comienza. Y quienes lo recorren únicamente caminan en círculos, y enseñan a sus hijos a seguir caminando y caminando, y repetir infinitamente ese inútil ciclo, con la nefasta convicción que ese es el propósito de la vida.
Estas almas gregarias e inconscientes, están tan alienadas , que agreden y marginan a quienes se salgan, o cuando menos pretendan salirse de ese camino que “todo mundo sabe” que es el camino correcto…
¡Oh triste destino! de este gigantesco rebaño sin pastor, que se regodea en su propia miseria, y que toma por necios, locos o enemigos, a quienes por puro y llano amor les han querido mostrar, que hay caminos que llevan a los hombres a ser sabios, libres y felices. Les crucifican, les calumnian, los ejecutan dándoles de beber cicuta. O en el mejor de los casos los ignoran, o tergiversan sus enseñanzas, empequeñeciéndolas para que se adapten al tamaño de sus existencias miserables y egoístas.
Pero de cuando en cuando, surge de esa masa amorfa, algún espíritu vigoroso e inquieto, que no solo se da cuenta de esta vida inútil, sino que toma acción, y emprende ese camino asencional que le es natural y necesario, a todo espíritu humano. Aunque con ello tenga que ser señalado y sometido al escarnio público. Cuando no agredido y algunas veces aniquilado.
Muchos de esos espíritus se dan por vencidos, y despues de enfrentarse a los formidables mecanismos de sometimiento, con los que cuenta ese terrible programa social, aquel fuego interno que los animaba, se va apagando. Y finalmente olvidan sus sueños de gloria y libertad, y aquel idealismo generoso que henchía su corazón, se apaga. Quedando tan solo una vaga reminiscencia de ese mundo maravilloso que alguna vez creyeron posible, de ese valhala, de esa tierra gloriosa donde solo viven los valientes, donde solo viven los hombres cuya generosidad y virilidad espiritual, les otorgó el poder necesario, para no doblegarse jamás ante esas infames entelequias, cuyo propósito es sumir el espíritu de los hombres en las tinieblas tenebrosas de una vida inútil y minúscula.
Quienes a pesar de todos los obstáculos, logran liberarse de las pegajosas ataduras que bestializan a los espíritus débiles, no se encuentran desamparados, pues se dan cuenta que la montaña esta llena de senderos que otros han abierto para que puedan ser seguidos por cualquiera que demuestre que tiene la fuerza y el corage de seguir su camino hacia la cima. Y no solo eso, si levanta la vista observará que hay otros como él que han salido de ese tenebroso camino cíclico que adormece la conciencia de quienes lo transitan. Y alegremente le indican por donde debe de subir, pues desde la altura donde se encuentran tienen una mejor percepción de los caminos que han dejado tras ellos.
Pero el haber salido de aquella terrible vorágine, no es garantía de haber vencido, ya que puede llegar a embargarnos una terrible nostalgia por todas aquellas cosas que creíamos haber dejado atrás, y que desde el pasado reclaman a gritos nuestra atención. Aquellas infames entelequias son hábiles y saben de nuestras debilidades, y las usan para sabotearnos y obligarnos a regresar a su mundo siniestro. Solo si hacemos acopio de valor lograremos dejar sin efecto los gritos del pasado, que cual canto de sirena, pueden llegar a fascinarnos de tal forma, que demos un traspié y nos precipitemos cuesta abajo.
Pero si a pesar de todo, hacemos un esfuerzo por seguir subiendo, las brumas que nublaban la visión de nuestra conciencia se irán despejando, y nos daremos cuenta que llevamos cargando muchas cosas que nos han enseñado que eran necesarias e importantes, pero que ahora se nos revelan como verdaderamente inútiles. O vemos que inconscientemente nos hemos lastrado con cargas que nos dificultaban terriblemente nuestro andar por el camino, pero que aún ahora nos cuesta trabajo deshacernos de todas esas cargas. porque nos atan a ellas poderosos lazos afectivos. Esos primeros pasos en el camino que nos lleva a la cima, pueden ser verdaderamente penosos y agoviantes, pues vamos cargando un enorme saco de piedras que ahora no nos sirven para nada, pero que pensamos que son nuestro tesoro. Cuantos recuerdos innecesarios, cuanto rencor acumulado, remordimiento por cosas que hicimos mal, o por haber dañado a algún ser querido. Cuanta necesidad de aprobación, creencias que nos limitan, que nos encierran en invisibles cárceles de dolor, angustia, miedo, culpa... ¡Cómo cuesta trabajo irnos desprendiendo de esas terribles larvas, que nos drenan nuestra preciosa energía, cual terribles vampiros!.
Lo más lógico sería soltar el saco con todas esas piedras inútiles, que nadie, sino nosotros mismos, nos hemos obligado a cargar. En el discurso esto es fácil, pero en la práctica nos daremos cuenta que no se puede ser absolutamente libre de la noche a la mañana. Hay que aprender a perdonar y a perdonarse, no solo de palabra, sino desde el fondo de nuestra alma. Hay que reconocer nuestros errores, pero tambien, y con toda humildad, nuestras virtudes, pues ellas serán, nuestras mejores herramientas, para alcanzar la cima de la montaña. Hay que desarrollar el discernimiento, para poder ver las cosas como son, y no como nos gustaría que fueran, y para poder dar prioridad a las cosas importantes. Pero sobre todo, debemos despertar en nosotros un sentido espiritual de supervivencia, un tezón casi fanático, de seguir siempre adelante, de arremeter ferozmente contra cualquier obstáculo que nos impida escalar la montaña, nuestra propia montaña interior. Una heróica terquedad que haga que nos levantemos una, y otra, y otra vez, tantas veces como la montaña pretenda abatirnos, derrotarnos, someternos. Aún con miedo, con ira, con lágrimas en los ojos, debemos aprender a ser como los toros de lidia, que se crecen ante la adversidad, que desafían a la muerte, que pierden la vida antes que su bravura, que jamás sienten lástima por ellos mismos.
Porque a diferencia de aquel otro camino circular, cómodo y seguro, por donde la mayoría anda. Los caminos de la montaña son peligrosos, y reclamarán de nosotros todo nuestro valor e inteligencia.
Esto es un proceso, que puede llevar mucho tiempo y puede llegar a ser bastante doloroso. Pero nadie nunca nos dijo que iba a ser fácil, ¿verdad?.
Una vez vencido este último obstáculo nos daremos cuenta que al escalar, reina un ambiente festivo y gozoso, en donde se disfruta por igual ir escalando la montaña, que ver cómo otros lo hacen. A uno le asiste una maravillosa sensación de que nunca está sólo, y esto genera una inefable paz interior, un sentimiento de que se está haciendo lo correcto.
Pero lo mejor viene después, cuando ya desembarazado de los lastres, que te impedían la marcha, te percatas que muchos de los que te rodean, voltean hacia abajo y gritan a quienes apenas salen de aquel mundo triste y gris, del que tú alguna vez formaste parte, para indicarles por dónde deben de ir, y los animan a seguir escalando, no obstante las cadenas y los lastres que todavía los atan a aquella desafortunada existencia. Entonces te embargará una profunda compasión y amor para aquellos valientes que, como tú bien lo sabes, han tenido que hacer acopio de todo su valor y fortaleza para realizar esa primer hazaña. Y sin que nadie te lo pida o te obligue a ello, tú también te unirás a esa algaravía que anima a esos espíritus vigorosos a seguir adelante.
Y llegará a tu entendimiento, una de las enseñanzas más bellas de todos los tiempos, que el sentido de la vida, no solo está en escalar la montaña, sino en aprender de los que van más arriba, y enseñar a los que van más abajo.
Si tu vida, no es como la soñó el niño o la niña que alguna vez fuiste, no pierdas tiempo en lamentaciones. Levanta ahora mismo los ojos de tu alma, y observa la montaña. Es tiempo de escalar, solo recuerda que no será fácil, ve preparando tu voluntad y tu buen ánimo. Si pones atención escucharás allá en lo alto las límpidas voces de un Platón, de un Pitágoras, de un Marco Aurelio, de Un Epícteto, de un Mozart, de un Amado Nervo, de un Mahatma Gandhi, en fín, de una pléyade de espíritus vigorosos, que desde lo alto te gritan, que es tiempo de escalar la montaña, tu propia montaña interior, en cuya cima habita el misterio, ese misterio que reclama nuestra presencia, porque es de él, de donde ha salido ese pedazo de eternidad, que todos los hombres llevamos escondido, en ese recóndito rincón de nuestra alma.

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Elige no sufrir

sábado, 29 de mayo de 2010 0 comentarios

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Aunque suene algo pesimista yo creo que la vida es un camino lleno de dolor, aunque por supuesto no todo es sufrimiento. Lo que quiero decir con esto, es que el dolor es algo inexorable en nuestra existencia y desde cierto punto de vista es un gran maestro que nos enseña cosas de gran valor.
El viejo príncipe Siddhartha nos ha enseñado que el dolor es vehículo de conciencia, es decir, que en todo lo que nos duele tenemos una invaluable oportunidad de aprender una valiosa lección. Podemos encarar las cosas que nos duelen de dos formas, una soportando estólidamente el dolor con la inútil esperanza que aquello que nos lo causa, desaparezca por sí solo.
O bien podemos afrontar el problema y resolverlo, para que la siguiente vez que se nos presente una experiencia parecida, ya no nos cause dolor. Creo que es más que evidente que quienes siguen el segundo criterio, se van liberando poco a poco hasta que un día sin siquiera pensarlo, caerán en la cuenta que han conseguido el más valioso de los bienes una paz interior que nada puede turbar ni destruir.
Sin embargo debo aclarar que no es lo mismo el dolor que el sufrimiento, el primero, como dijimos antes es inexorable, nadie está exento de cosas como la enfermedad, la vejez, la muerte, la pérdida de cosas que nos son importantes, etc. Pero el sufrimiento es algo que nosotros podemos tomar o dejar, dependiendo de nuestro valor, nuestra conciencia y nuestra fuerza de voluntad.
Los Estóicos sostenían que HAY COSAS QUE DEPENDEN DE NOSOTROS Y COSAS QUE NO. El dolor no depende de nosotros, pero el sufrimiento sí. Algunas personas han aprendido a vivir como víctimas y ellos vegetan en un infierno de horribles sufrimientos, todo lo que les pasa tiene un significado trágico y funesto. Sufren porque no los quieren, pero también porque los quieren, ya que piensan que no se lo merecen, sufren por el clima, por la economía, por su fealdad, por su estupidez, por su edad, por su sexo, por la vida desafortunada que les ha tocado, porque nadie los respeta, porque nada les sale bien, por la familia que les ha tocado, por la pareja que les ha tocado, por los hijos que les han tocado, por los vecinos que les han tocado.
Estas personas no solo sufren, sino que exhiben sus miserias como si de un premio se tratara, buscando quizás, que los otros se den cuenta de cuánto sufren y les resuelvan la vida mientras ellos sólo se quejan y se quejan, pero no hacen nada para evitarlo.
Pero también están los mártires, aquellos que sufren pero en silencio, viéndose a sí mismos como víctimas inocentes de una existencia injustamente cruel y desafortunada, y esperando que el resistir y resistir, termine por purificarlos y hacerlos buenos y así “ganarse el cielo”.
Ciertamente yo no tengo forma de demostrar que el cielo y el infierno existen o no existen, cuando menos tal como se han enseñado en la tradición judeocristiana, es decir, lugares de goce o castigo eterno, respectivamente. Pero estoy convencido que hay personas que por su ignorancia o su estupidez crean su propio infierno aquí en esta vida. En tanto que otras gracias a su esfuerzo y valor construyen un cielo en la tierra y en él viven de manera gozosa y feliz.
Estoy consciente que esto puede incomodar a algunos, pero si lo vemos objetiva y desapasionadamente, no nos costará trabajo darnos cuenta que la vida no es algo que ya esté escrito, sino que la vamos edificando cada quien con cada decisión grande o pequeña. Nuestra vida es la suma de todas las cosas que hemos hecho, y también de las que hemos dejado de hacer, por valor o cobardía. Nuestra vida es el resultado de todas las decisiones que hemos tomado.
Y como siempre pasa, de cara a este panorama podemos tomar dos posturas, lamentarnos por todo lo malo que es nuestra existencia, o bien, reconocer que la vida de cualquier persona es una misteriosa mezcla de aciertos y errores. Si fuéramos capaces de reconocer con naturalidad y dignidad nuestros aciertos y perdonarnos por nuestros errores y simplemente aprender de ellos, nos daríamos cuenta que soltamos una pesada carga que nadie nos ha obligado a llevar.
Finalmente, habremos de reconocer que si nuestro presente es el resultado de todas y cada una de las decisiones que hemos tomado, nuestro futuro será el inexorable resultado de las decisiones que habremos de tomar a partir de este justo momento.
Pregúntate, cuántas oportunidades de ser feliz o de estar en paz simplemente has desperdiciado, por estar atendiendo tus propias miserias, por estar sintiendo lástima por ti mismo, por estar enojado porque algo no salió como tú querías. En suma, cuántas veces has elegido sufrir.
Si el sufrimiento es una elección que está dentro del ámbito de tu voluntad no elijas estar enojado, o angustiado, o triste o apático o con miedo.
Siempre, siempre, siempre elige no sufrir.

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Tu Discurso

martes, 27 de abril de 2010 0 comentarios

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La psique es uno de los lugares más fascinantes, a la vez que desconocidos de ese misterioso continente que es la personalidad humana. En ella viven los demonios más aterradores, así como los genios más poderosos. Ese enigmático campo interior nos seduce y nos reta continuamente, nos susurra al oído misteriosos sortilegios que hacen que nuestra conciencia se estremezca.
Ahí se encuentran las claves y las respuestas de nuestra conducta, de nuestros miedos, de nuestros complejos. Pero también es ahí, resguardada por las más terribles entelequias, que se encuentra la puerta misteriosa que nos lleva a la tan buscada felicidad.
La proteica materia con la que está hecho el mundo psicológico es siempre cambiante, engañosa y sutil. A veces es francamente frustrante saber que es ahí donde está la clave de nuestra conducta, y cuando pensamos que la hemos atrapado, se nos escurre una y otra vez como arena entre los dedos, mil veces se nos escapa como si quisiéramos atrapar un pez con las manos desnudas.
Y es precisamente, desde ese campo interior de donde surge nuestro diálogo con el mundo, nuestro discurso.
¿Te has fijado que hay personas con las que al platicar siempre terminas hablando de lo mismo?, por ejemplo, hay quienes terminan platicándote de futbol, no importa cual sea el tema con el que haya empezado la plática, y no importa tampoco las veces que platiques con ellos, pues siempre terminan hablando de lo mismo. Otros terminan hablando de religión, otros terminan siempre quejándose o criticando, hay quienes inexorablemente terminan hablando de sexo, o de sus glorias pasadas, o de sí mismos, o de política.
Por supuesto que siempre nos es más fácil ver con objetividad la vida de los demás, sus complejos, sus defectos, sus equivocaciones y ocasionalmente sus virtudes (siempre y cuando el reconocerlas no nos confronte). Y como prueba de ello, pon atención en un hecho bastante significativo, todos tenemos el mejor consejo y la mejor opinión para los problemas ajenos. En una gran medida, esa morbosa satisfacción que obtenemos criticando a los demás , se debe a la sensación de aparente superioridad que experimentamos en “darnos cuenta” de algo que la víctima de nuestra crítica no ha observado. Así, formamos ante nosotros mismos una imagen nuestra de inteligencia y astucia.
Y de esta forma muchos de nosotros vamos por la vida sintiéndonos muy listos, porque nadie puede engañarnos, pues sabemos “de qué pié cojean” todos los que se nos acercan.
Sin embargo, considero sinceramente que no hay ventaja alguna en ser expertos en reconocer los errores de los demás, debido a que nuestros defectos representan el conjunto de las cosas que no somos. Por lo que esto es simplemente una lamentable pérdida de tiempo.
Por otro lado, quienes han invertido su tiempo en la inútil tarea de ser “buenos críticos”, es muy probable que no sean conscientes de sus propios defectos y de su propio discurso con el mundo. Porque así como hay quienes siempre conducen sus pláticas a un tema en concreto sin darse cuenta, nosotros también tenemos nuestro propio discurso, y por estar viendo la paja en el ojo ajeno no vemos la viga en el propio.
Verdaderamente es atemorizante emprender ese viaje interior del que nos hablan todas las culturas de la antigüedad, pues como te decía al principio, ahí se esconden los espectros más aterradores pero también ahí están los secretos de nuestro propio poder, esos secretos que pueden convertirnos en poderosos gigantes blancos. No en vano se leía en el legendario oráculo de Delfos en la Grecia antigua: “Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás al universo y a los Dioses”.
Las personas preferimos ver los defectos de los demás porque nos da miedo ver que los nuestros son iguales o peores, nos da miedo reconocer nuestro propio egoísmo, nuestra propia mediocridad, nos da miedo reconocer nuestra cobardía, nuestro dolor, nuestro enojo, nos da miedo reconocer que no siempre tenemos la razón, que no somos tan simpáticos o inteligentes como siempre lo hemos creído. Estos y mil defectos más que nos amenazan desde la sombra de nuestro subconsciente.
Sabemos que están ahí y asumimos que son poderosos y nos causarán mucho daño y mucho dolor si los vemos de frente. Así que los encerramos en el complejo laberinto de nuestra psique, tal y como hiciera con el terrible Minotauro, el mítico rey Minos de Creta.
Ocultamos nuestros defectos, y luego ingenuamente pretendemos olvidarlos, en un vano esfuerzo por ver si algún día, simplemente han desaparecido. Y para que ese olvido sea más efectivo, enfocamos nuestra atención en señalar los defectos de quienes nos rodean. Sin embargo, hay algo irónico y hasta cómico en todo esto, ESOS DEFECTOS QUE CON TANTO EMPEÑO NOS HEMOS ESFORZADO EN OCULTAR, YA TODO MUNDO LOS CONOCE. ¿No te parece gracioso?.
¿Te has preguntado de qué terminas hablando siempre tú?, ¿Cuál es tu propio discurso?
Ahora bien, a mi entender, lo fundamental no es esencialmente saber en qué consiste nuestro propio discurso, sino cuál es la razón por la que siempre tenemos en la mente ese tema, al punto que no solo nuestras conversaciones giran en torno a ello, sino toda nuestra vida.
Este juego que nos hace ver ridículos, solo tiene una forma de resolverse, y esa forma es dejando de rehuir ese inexorable encuentro con nuestro YO interior. Y si ahora te estás preguntando ¿pero cómo se hace eso?. La respuesta es mucho más simple de lo que imaginas, pero en esa simpleza radica al mismo tiempo una enorme complejidad.
La respuesta es NO TE MIENTAS NUNCA, no pretendas fingir que algo no pasa cuando sí pasa, no te engañes pensando que alguien va a venir a resolver tus propios problemas, no eches la culpa a los demás de lo que pasa en tu vida, no sientas lástima por ti mismo, esfuérzate por ver siempre las cosas como son y no como a ti te gustaría que fueran, no dramatices, dale a cada cosa su justo valor, admite cuando estás equivocado, reconoce en silencio las virtudes de los demás.
¿Esto va a hacer que tu discurso desaparezca?, no, la respuesta es que no, lo que conseguirás es darle una calidad superior. No es lo mismo el discurso, es decir las palabras y los actos de una persona cuya conciencia está dormida y a lo que más aspira es a ser aprobada o aceptada, a ser popular, a satisfacer sus egoístas necesidades, que el de otra persona cuya conciencia decantada busca ávidamente la belleza, la justicia, busca servir y socorrer a los más necesitados, busca atenuar el dolor de los oprimidos o de los menesterosos. Más concretamente, no es igual el discurso de un sacerdote pedófilo y egoísta, o el de un político corrupto y demagogo, que el de la madre Teresa de Calcuta, o el de Mahatma Gandhi.
Estimado lector solo necesitas un estímulo para empezar a transmutar tu discurso… ¡creer que es importante hacerlo!


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Insistir

martes, 23 de marzo de 2010 0 comentarios

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En el Egipto antiguo, una de las mayores condecoraciones otorgadas a un militar era la mosca de oro, como reconocimiento a alguna victoria importante alcanzada en combate, por su valor, pero por encima de todo por la persistencia y la tenacidad demostrada. Ciertamente, la mosca es un animalito que se caracteriza por estos aspectos, llegando a volverse hasta molesta debido a su terquedad, a su tesón de volver una y otra vez, de mil formas posibles a su objetivo. Tal pareciese, que no existe para ella otro propósito que conseguir a como de lugar eso que se ha propuesto. Y aunque arriesgando su propia integridad física en cada embestida, se vale siempre de la astucia, de su gran velocidad y de una atención siempre alerta.
Seguramente no es casualidad que los Egipcios, ese pueblo de cultura tan extraordinaria, haya elegido la mosca como símbolo para condecorar a sus mejores guerreros. Esto puede representar para nosotros, los hombres de nuestro tiempo una valiosa enseñanza si sabemos darle su justo valor. Actualmente nos fascinan las historias de gente exitosa, triunfadora, en todos los ámbitos, económico, profesional, laboral, deportivo, político, familiar, social, espiritual.
Y algunos llegamos a creer que estas personas son algo así como fenómenos, o casos raros de gente que ha sido favorecida por quién sabe que misterioso capricho del destino. Y que el resto de los “mortales” nos tendremos que conformar con pertenecer a esa masa amorfa, voraz e impersonal, que devora nuestra identidad cubriéndonos con el impenetrable e infame velo del anonimato.
Ante esto me gustaría hacer dos observaciones. La primera, es que no todas las personas exitosas son necesariamente famosas o populares. Actualmente se nos enseña una serie de tópicos que obligatoriamente hay que cumplir para convertirnos en personas de éxito, tales como tener mucho dinero, ser bien parecidos, mantenerse siempre jóvenes, ser famosos, ser obedecidos por todos y que nadie tenga autoridad sobre nosotros, vivir en una casa superlujosa, manejar un vehículo caro, etc.
En realidad lo que sucede es que confundimos el fin con sus consecuencias. Paso a explicarme. Todo lo enumerado anteriormente como sinónimos de éxito, no significa que no lo sean, al menos algunos. Lo que pasa es que confundimos el éxito con las consecuencias que la mayoría de las veces le acompañan, es decir, que una persona exitosa verdaderamente, en muchas ocasiones consigue consecuentemente una buena posición económica. Otras, adquiere fama y se hace popular, o se llega a ganar la autoridad como resultado del éxito en lo que hace, en fin. Pero la confusión radica en creer que a partir de las consecuencias vamos a conseguir ser exitosos. Admitir esto sería tanto como pensar que poniéndonos una sotana nos vamos a convertir en sacerdotes, o comprando muchos libros nos vamos a hacer sabios, o montando una bonita oficina nos convertiremos, sin más, en grandes ejecutivos.
La segunda observación, es que esos íconos del éxito (Cuando menos en su mayoría), no son seres inalcanzables que han sido favorecidos por la caprichosa diosa de la fortuna. Son personas como cualquiera de nosotros, con la única diferencia, que ellos han sabido persistir ahí, donde la mayoría se ha dado por vencido. En defensa de ellos tenemos que decir que para quienes han saboreado las dulces mieles del éxito, poco o nada se les ha dado tan fácil como muchos suponemos. Seguramente en más de una ocasión se han visto abatidos por la adversidad, o se han sentido abrumados por los mil y un problemas, crueles monstruos que impiden el paso a la gloria a quienes no tienen el coraje de encararlos y vencerlos.
Habrá también, quienes todo se les ha dado fácilmente, pero prefiero considerar estos casos como excepción a la regla y no como la regla en sí. Cada vez que tú tomes la decisión, de abandonar algún proyecto o camino, porque te sientas agobiado por tantos problemas que se te presentan, recuerda que quienes han alcanzado el éxito en ese mismo camino, lo hicieron porque ellos han tenido el valor de proseguir donde tú estás a punto de claudicar. Esto te dará fuerzas y fe en que tú también lo conseguirás si insistes lo suficiente. Pero si aún evocando la imagen de aquellos, eliges renunciar, no olvides honrar con respeto el trabajo de los que si llegaron hasta el final.
LA PIEDRA QUE TODOS LOS CONSTRUCTORES DESECHARON, ES LA PIEDRA ANGULAR, dice una antigua frase. Y yo te pregunto ¿Qué es aquello que constituye el fundamento en todo gran proyecto, pero que al mismo tiempo todo mundo lo desprecia?... LA DISCIPLINA, la capacidad de sostener una elección conscientemente tomada, esa facultad de insistir e insistir hasta conseguir lo que nos hemos propuesto. Aun que perdamos la motivación de los primeros momentos, aun que el camino que nos conduce a alcanzar nuestro objetivo nos abrume con obstáculos y problemas, aun que se te olvide por momentos porqué estamos ahí… aun que lleguemos a creer que nuestras fuerzas no son suficientes para conseguir la victoria.
Recuerda que cada quien lleva dentro de sí un poderoso gigante blanco de sublime presencia, pero se encuentra atrapado por una prisión cuyos barrotes son nuestras propias limitaciones. Y por cada vez que consigues alcanzar una meta que tú mismo te hayas propuesto, derribas uno de esos barrotes, y permites que se manifieste ese poderoso gigante blanco. Ganas en autoestima y en poder. Sí señor, atrévete a tomar el reto de vencerte a ti mismo, de abatir los barrotes de tu propia cárcel psicológica… Gánate tu mosca de oro.


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¿Qué significa servir?

lunes, 22 de marzo de 2010 0 comentarios

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Esta, como tantas otras palabras ha adquirido una connotación muy desafortunada. Para la mayoría de las personas, el servicio es sinónimo de servilismo o de sumisión. Un sirviente es un criado o un esclavo humillado y sometido que atiende las necesidades de otra u otras personas.
Nadie quiere servir, porque se piensa que ello es degradante, y hay quienes afirman que el servicio es solo para los perdedores, los mediocres, los pusilánimes. Ya que los vencedores, los poderosos, los líderes, mandan. Y el resto, es decir, los sirvientes, obedecen y se someten.
En el más favorable de los casos, servir es prestar una ayuda a quien, o donde se necesita. Y en mi opinión, este último aspecto es lo más parecido a lo que es el verdadero espíritu del servicio.
Servir, no sólo es una loable actitud, sino un poderoso imperativo de la naturaleza. Y enfatizo que no solo me refiero a la naturaleza humana, sino a la naturaleza en general. Para poder explicarme me valdré de una serie de ejemplos que en principio te podrán parecer absurdos, pero si me sigues, verás cómo, finalmente, la idea de servir no solo te resultará más natural, sino absolutamente necesaria como un componente fundamental de tu propia naturaleza como ser humano.
Así pues, imagina un helicóptero, ¿Tú crees que sea factible usarlo como cuchara para comer sopa?, o ¿Crees que una cuchara se pueda usar como puerta para tu casa?, o ¿Crees que la puerta de tu casa la puedas usar como neumático para tu vehículo?, o ¿Crees que los neumáticos de tu vehículo puedas usarlos como aguja para remendar un calcetín?, o ¿Crees que esa aguja puedas llegar a usarla como globo aerostático?, o un globo aerostático se pueda usar como jeringa hipodérmica, o una jeringa como chaqueta, o una chaqueta como bolígrafo. En fin, esta podría ser una cadena interminable de cosas absurdas, y son absurdas porque bajo el más elemental sentido común, es imposible usar un helicóptero como cuchara para comer sopa, y lo mismo pasaría con el resto de los ejemplos.
Sirva lo anterior (Aunque un tanto descabellado), para convenir que todas las cosas que hemos inventado o creado los seres humanos, tiene un fin claro y concreto. Y aunque si bien es cierto que algunas veces podemos darle un uso un poco distinto a las cosas, en relación a su función primordial, queda claro que entre más nos alejemos de ese uso, más entramos en un aspecto que se nos antojaría absurdo, y hasta contranatura.
De lo establecido, podemos comprender que si los seres humanos hemos creado todo un entorno, teniendo como premisa, que cada cosa tiene en sí misma un propósito, ¿porqué no creer que la naturaleza, que se rige por una impecable economía de recursos, no haya creado todo un universo, en donde cada componente, por pequeño o insignificante que nos pudiera parecer tiene también un propósito en si mismo?
Me gusta creer que cada cosa que existe tiene su propia finalidad, desde la microscópica bacteria, hasta la portentosa e inconmensurable galaxia. Y lo maravilloso de todo, esto es que, dentro de esa escala te encuentras tú, me encuentro yo, y todos los seres humanos. Es decir, que si no lo has comprendido, tú fuiste creado con un propósito.
Lamentablemente querido lector, no es a mí a quien le corresponde revelarte ese secreto, en un sentido porque yo estoy bastante ocupado tratando de entender cuál es el mío. Y por otro lado, esa es, según entiendo, la razón por la que cada uno de nosotros hemos venido al mundo. Todos buscamos el sentido de nuestra vida.
Lo que sí me queda claro es que, hay una parte de ti que lo intuye, y esa parte se manifiesta como lo que llamamos “vocación”. Busca dentro de ti y verás cómo tú eres virtuoso para algo, sólo trata de recordar qué es aquello que más disfrutas, qué es lo que te hace sentir libre y profundamente dichoso cuando lo realizas. Evoca aquello que cuando lo haces lo gozas tanto, que no necesitas que te lo reconozcan, o que te paguen por hacerlo. Aquello que harías aunque no te pagaran. Qué es eso con lo que te apasionas tanto haciéndolo, que se te olvida comer y te desvelas por el puro gozo de hacerlo.
Si acaso pudiera señalar un punto medular en este post es lo que sigue:
Si ya has encontrado tu vocación ejércela, y mucho, porque para ello has venido al mundo, porque ese, y sólo ese, es el propósito para lo que has despertado a esta vida maravillosa.
¿Porqué nos parece absurdo tratar de usar un helicóptero como cuchara, o una cuchara como puerta?. Pues porque ese no es el propósito con el que se hicieron esos objetos. Un helicóptero no “sirve” como cuchara, y en sentido contrario, cuando algo “sirve”, es porque lo estamos usando con el propósito para el que fue creado. Y aunque suene extraño, cuando usamos algo con el propósito con el que fue creado lo estamos dignificando, le estamos permitiendo que encuentre su propia esencia, su propio ser.
Aquí está entonces el significado profundo del servicio. Sólo sirve quien se es fiel a sí mismo y a su propia naturaleza, aquel que ha buscado en sus océanos interiores y sabe cuál es su vocación. En otras palabras, sólo puede servir quien es libre.
Ahora bien, si es que te estás preguntando “Pero ¿Cómo puedo descubrir cuál es mi vocación?, ¿Cómo saber cuál es mi propósito en la vida?”…
Pues como te dije antes, solamente tú puedes encontrar la respuesta a esa pregunta. Sin embargo existe un indicador que te señala si vas por buen camino. Pregúntate en cada cosas que hagas, además de a ti mismo, a quién más le es útil eso que has realizado.
Así es. El propósito de todo cuanto existe, lo encontramos viendo que tanto “sirve” a su entorno. Aprendamos a servir, porque ello nos hace libres, nos dignifica, nos brinda una inefable paz interior.
Solo sirve quien es libre, servir es un honor.


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Con El corazón en la mano

jueves, 4 de marzo de 2010 0 comentarios

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Todas las personas en algún momento hemos vivido la experiencia de terminar alguna relación ya sea amorosa, familiar, de amistad, de negocios, etc. Y seguramente algunas de ellas no han acabado en los mejores términos.
Las relaciones que terminan mal en nuestra vida, siempre nos dejan un sentimiento incómodo y a veces doloroso, y en la mayor parte de las veces queda en nosotros una herida que es difícil de sanar, de hecho, en algunos casos quedamos marcados para siempre.

Cuando se quebranta una relación, sobre todo si el rompimiento viene de manera abrupta, se genera en nosotros un sentimiento de pérdida, acompañado de una vorágine de otros muchos como dolor, tristeza, angustia, miedo, ira, impotencia, etc. Sin embargo en esta ocasión no profundizaré más en esto, que se conoce como proceso de duelo, dejándolo para algún otro post. Ahora pretendo escribir sobre cómo evitar en la medida de lo posible que las relaciones que establezcamos con las personas y con el mundo tengan este trágico desenlace.
Lo que te voy a decir a continuación es de un gran valor, y créeme que si lo tomas en serio y le das la debida importancia puede evitarte mucho dolor innecesario. El secreto de una buena relación es la comunicación, por muy simple que suene así es. Repasa aquellas relaciones que han tenido un final desafortunado en tu vida y observarás como la razón fundamental que las precipitó al colapso tiene mucho que ver con una comunicación deficiente entre las partes que participaban en ella. A ver si te suenan familiares algunas de las siguientes expresiones:
Es que yo creí que…
Es que yo no lo sabía…
Es que tú nunca escuchas…
Te lo debí haber dicho antes…
Es que ese no fue el trato…
Yo nunca dije eso…
De haberlo sabido antes…
No creí que fuera importante decirlo…
Aguanté hasta donde pude, pero te lo tengo que decir…
Si alguien lo supiera ¿Dónde quedaría mi reputación?...
Si se lo digo lo (la) voy a lastimar…
Si se lo digo se va a enojar…
¡No quiero escuchar quejas!...
Y un largo etcétera.
La mayor parte de las personas creemos que somos seres racionales y pensantes, pero nada más lejos de eso. Casi siempre elegimos tiranizados por nuestras emociones en vez de hacerlo guiados por el discernimiento, es decir, que elegimos en base a lo que nos gusta o no nos gusta en vez de hacerlo conforme a lo que nos conviene o nos es útil. Muchas personas actuamos como niños berrinchudos, pero tenemos cuidado de disfrazar y justificar nuestras pataletas, con una máscara de lógica y sofisticación… ¿Te ha pasado esto alguna vez?, a mí sí, muchas veces.
Voy a compartir contigo un ejercicio muy divertido que me enseñó una persona muy querida y entrañable. Este ejercicio se llama “Con el corazón en la mano”, y tiene como propósito no sólo fortalecer la comunicación, con la pareja, el amigo, los padres e hijos, etc. sino que sanea de forma maravillosa todos esos “bichos” que obstruyen el canal de comunicación. Si lo vas a hacer con tu socio o tu jefe te recomiendo que lo adaptes convenientemente, pues si lo haces tal cual van a pensar que eres un inadaptado.
1.- Convoca a tu pareja, amigo, amiga, padre, hijo, o con quien vayas a hacerlo a una reunión de mucha importancia, que realmente lo es. Y tú también asume la importancia que tiene esto aunque su configuración sea la de un juego.
2.- Dibuja y recorta un corazón en cartón o papel, o lo que sea, esto es sólo simbólico.
3.- Se sientan uno frente al otro, de preferencia tocando las rodillas del contrario.
4.-Se establece que todo lo que se diga durante el ejercicio, por doloroso e hiriente que pueda sonar, tiene como único propósito sanear y fortalecer la relación comunicando cosas que en ningún otro momento se han podido o querido decir. Y que ambas partes se comprometen tanto a hablar con sinceridad, como a ESCUCHAR, no solo a oír. Esto es bien importante.
5.- Se comienza el ejercicio, que tiene 2 únicas y simples reglas:
a) quien tiene el corazón en la mano habla.
b) quien no lo tiene, NO puede hablar solo ESCUCHA.
Es indistinto quien empieza, lo importante es que quien tiene el corazón en la mano hable de verdad así, es decir CON EL CORAZON EN LA MANO, o sea con toda honestidad y con toda libertad, evitando de ser posible hacerlo en tono de reclamo o demanda. Aunque es válido enojarse, llorar y hasta reír, porque no sólo hay que comunicar las cosas feas, también podemos decir cosas bonitas que nunca nos hemos atrevido a expresarle al otro, por ejemplo decirle a nuestro hijo, o a nuestro padre, o nuestro amigo, o pareja que le queremos mucho y que estamos muy agradecidos con ellos, aunque nunca se los hayamos dicho.
Una vez que termina de hablar quien tiene el corazón, se lo pasa al otro, y ahora se invierten los papeles, quien antes hablaba ahora ESCUCHA, y quien antes ESCUCHABA ahora habla. Este proceso de pasarse el corazón de uno al otro, toda vez que se haya terminado de hablar, se puede hacer las veces que sea necesario, porque aunque uno piense que ya dijo todo lo que tenía que decir, al ESCUCHAR al otro se le vienen a la memoria más cosas que desearía comunicarle.
El ejercicio termina hasta que verdaderamente se considere que ya se dijo lo que se tenía que decir, y si se realiza bien, uno termina con una agradable sensación de quedar limpio por dentro y de haber soltado una carga muy pesada, es de verdad maravilloso. Hazlo tan periódicamente como sea necesario, recuerda aquel viejo proverbio de los egipcios: “Todo tiende a empolvarse”.
Finalmente te digo, querido lector, que este ejercicio es también un juego. Y aunque es imperativo tomarlo en serio, si piensas hacerlo, diviértete, y descubre cómo muchas veces detrás de tanta basura, dolor y enojo, con el que vamos dejando que se cubran nuestras relaciones con el mundo y las personas, existe un gran amor hacia los demás. Esto es algo tan bello, que sólo por eso vale la pena limpiar nuestros canales de comunicación, porque el amor es lo único que le da sentido a la vida. Y como ahora yo tengo el corazón en la mano, te deseo de todo corazón que lo que he escrito hoy te sea de utilidad.

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Permiso para ser humano

martes, 2 de marzo de 2010 0 comentarios

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¿Qué es un ser humano?... a primera vista suena un poco idiota esta pregunta, puesto que todo mundo sabemos tácitamente qué es. Y aunque tuviéramos qué definirlo, la mayor parte de las personas solemos no darle demasiada importancia a estas cuestiones, debido a que en nuestra vida hay siempre cosas más importantes o más urgentes que estar tratando de resolver preguntas bobas e inútiles. Esto es cosa de filósofos o de bohemios románticos que no tienen otra cosa que hacer más que matar el tiempo disertando estérilmente en algún café o en la banca de una plaza pública.
Sin embargo, y dejando de lado a quienes piensan así, es importante darnos cuenta que ésta, y otras preguntas viven agazapadas en lo profundo de nuestra conciencia. Pero ahogados como estamos con el anestesiante devenir del día a día, con el aplastante peso de lo cotidiano, desvalorizamos la importancia que tienen estos cuestionamientos. El hombre de nuestro tiempo ha subido al pedestal de lo importante cosas muchas veces ridículamente intrascendentes. Hay quienes se pasan la vida tratando de agradar a los otros, o de ser aprobados por cualquier mequetrefe, hay otros que viven buscando venganza por algo que les hicieron o que creen que les hicieron, otros más viven siempre con miedo de perder sus pequeños y egoístas privilegios, o algunos otros que viven siempre con prisa, con estrés, con la angustia de llegar rápido a todos lados para luego no saber qué hacer ahí a donde tanto les urgía llegar. En fin, cada cual podemos revisar nuestra propia bitácora existencial.
Más ciertamente, sigue subsistiendo el hecho de que no podemos ignorar esas preguntas fundamentales que resuenan en lo más profundo de nuestro fuero interno. Una de ellas, quizás la más misteriosa de todas, la más atávica, la que mayormente reclama el lugar que le corresponde en el continente de nuestra conciencia es ¿Quién soy YO?. Y le hagamos caso o no, ella sigue resonando con voz silenciosa de forma incansable, aunque inútilmente tratemos de anestesiar nuestra conciencia con ese aparatoso desfile de cosas superfluas.
¿Qué es un ser humano?... Seguramente hay tantas respuestas a esta pregunta como seres humanos existen.
¿Alguna vez has cometido algún error?...
¿Alguna vez has hecho algo vergonzoso?...
¿Alguna vez has lastimado a alguien a quien quieres mucho?...
¿Alguna vez has mentido para encubrir alguna falta?...
¿Alguna vez te has traicionado a ti mismo?...
¿Alguna vez has tomado algo que no te pertenece?...
¿Alguna vez has dicho que sí cuando querías decir que no?...
¿Alguna vez te has quedado paralizado por el miedo?...
¿Alguna vez has sentido dolor por la pérdida de un ser amado?...
¿Alguna vez has cargado el pesado fardo de la culpa, del remordimiento?...
¿Alguna vez has odiado a Dios por ser injusto o vengativo?...
¿Alguna vez has sentido ese miedo sobrecogedor al pensar en tu propia muerte?...
¿Alguna vez has tenido dudas?...
¿Sabes porqué?... Porque eres un ser humano, date permiso de serlo. Perdónate por no ser el más perfecto, ni el más bello, ni el más listo, ni el más querido. En mi pobre opinión no es bueno justificar nuestros errores pasados pero tampoco hay que hacer que el resto de nuestra vida dependa de ellos. Creo que es fundamental aceptar nuestra condición de seres humanos con todo lo que ello significa.
Pero ¿qué es todo lo que ello significa?. Es saberse imperfecto, y reconocer que con todo y la mejor voluntad que imprimamos a nuestras acciones, habremos de cometer muchos errores, porque ese es el precio inexorable que tenemos que pagar para arrancarle a la vida algunos de sus secretos. Sin embargo, eso no es lo mejor, ya que ser humano también significa reconocer nuestras propias virtudes, nuestro propio poder, y hacernos responsables también de ello, si, así es. Porque no es suficiente admitir nuestros errores, defectos y limitaciones, también debemos ser conscientes que cada quien cuenta con los recursos suficientes para eclipsar y vencer su propio lado oscuro, y esto es muy importante entenderlo. Así, ser humano significa tener errores pero también virtudes, porque somos un punto en el tiempo, un momento en la evolución. No siempre hemos sido humanos y no siempre lo seremos. Esta es sólo una etapa en el largo camino de nuestra conciencia, ahora estamos crucificados entre la horizontalidad del mundo que nos rodea y la verticalidad de nuestra propia conciencia. Dentro de cada uno de nosotros duerme un gigante, poderoso y sublime. Y enfatizo que esto no es sólo una fórmula de motivación barata, es absolutamente cierto, basta con que abandonemos por un momento la imagen limitada y a veces hasta patética que nos hemos formado de nosotros mismos, y proyectemos en base a nuestras propias virtudes un “nosotros mismos” posible y verosímil, y es fácil darse cuenta que es cierto, ese gigante está ahí. Y no sólo eso, sino que quiere salir, quiere ver la luz del mundo, busca incansablemente el lugar que le corresponde. Ayúdale a tu gigante a salir, reconoce tus errores, si, pero no te esclavices a ellos. Usa tus virtudes, ilumina el mundo… date permiso de ser humano.

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¿A quién le sirve la Etica?

viernes, 19 de febrero de 2010 0 comentarios

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Todas las personas ponderamos y exaltamos los valores y la actitud ética. Sin embargo, en nuestras escuelas y universidades se nos imparte a regañadientes esta materia, y casi todos los que la hemos llevado solemos pensar en ella como una materia de “relleno”, algo así como un requisito incómodo para cubrir nuestro programa de estudios. Y hay quienes sostienen incluso, que este tipo de asignaturas son el legado romántico, anticuado e inútil de un pasado ya trascendido.
Pero al margen de esta absurda dicotomía en donde por un lado se reconoce a la ética como necesaria, pero por otro se trata de extirpar su enseñanza de nuestras instituciones educativas, como si de un tumor se tratase, subsiste una pregunta que no podemos dejar de plantear:
¿A quién le sirve la ética?

Y antes de que nos rasguemos las vestiduras escandalizados por lo irreverente de esta pregunta, observemos objetivamente una cosa. ¿Acaso no les va mejor a quienes son malvados o se conducen sin escrúpulos?, o ¿No es cierto que resulta siempre más divertido portarse mal?, mientras que las personas que se esfuerzan por ser rectas, serviciales, congruentes siempre les toca la peor parte. Les llaman idealistas, estúpidos, inadaptados, ingenuos…
¿O acaso tú que me lees, nunca has sido víctima de una injusticia o de un atropello?... y por más que te esforzaste para solucionar el problema por el camino de la legalidad, de todas formas quien te infringió el agravio, sea personal, o cobardemente atrincherado tras la inexpugnable barrera de un puesto de poder se salió con la suya, quedándote tú con un palmo de narices y con esa desagradable sensación de ser víctima de una injusticia.
Sé que el ejemplo es un tanto ambiguo, pero creo que es lo suficientemente general como para que todos nos sintamos familiarizados con él por una u otra razón. Y con ello podamos darnos cuenta de lo que nos decía el viejo Platón en su diálogo de La República, que las personas por lo general no buscamos ser éticas, queremos solamente aparentar que lo somos, porque asumimos que hay más beneficios en ello que en ser éticos verdaderamente.
Así entonces, si alguien nos preguntase ¿En verdad sirve la ética?, la respuesta automática de casi todos sería un contundente “SI”. Pero si a continuación nuestro hipotético interlocutor nos increpara diciéndonos: “A ver, demuéstramelo”… tú ¿Qué le dirías?
Oh sí, sí, ya sé que posiblemente le responderías que tú no tienes la obligación de demostrarle nada a nadie ¿no es así?. Pues ahora imagina que ese hipotético interlocutor no está frente a ti sino dentro tuyo, es tu propia conciencia…
Ja ja ja, ahora sí que tienes la obligación de responderle.
¿Qué le dirías querido lector?, ¿Qué le contestarías a tu propia conciencia?, ¿Cómo te convencerías a ti mismo de que la ética es mejor que su contrario, tenga el nombre que tenga?... ¡Vaya predicamento!, pues si no logramos convencernos a nosotros mismos de ello, no tiene caso que sigamos fingiendo demencia, buscando resolver los atropellos de que somos objeto siguiendo las vías de la legalidad y la ética. Por lo contrario, hay que adherirse a la ley de la selva en donde si no comes te comen, en donde sobrevive el más fuerte, en donde gana el más astuto, siguiendo las ideas del buen Maquiavelo.
He aquí algunas palabras que confío te pondrán a pensar:
¿Qué es lo que todos los seres humanos buscamos?, piensa por un momento… ¿Qué es lo que todos los seres humanos buscamos?, ¿Qué es lo que tú anhelas conseguir con todo lo que has hecho a lo largo de toda tu vida?, ¿Qué es aquello a lo que nunca renunciarías, aunque te encuentres en el peor estado de abatimiento y de desánimo?, piensa, piensa. ¿Qué es lo que todos los seres humanos buscamos?.
Aristóteles dice que lo que todos buscamos es el bien, y que el máximo de todos los bienes es la felicidad… ¡Eureka!, lo que todos los seres humanos buscamos es la felicidad ¿No es cierto?.
La felicidad no es un bien accesorio o secundario en nuestra vida, es el propósito de ella, es la razón por la que hacemos todo lo que hacemos, es la razón por la que estudiamos, viajamos, nos casamos, formamos una familia, tenemos hijos. Y en algunos casos patológicos, es la razón por la que engañamos, nos corrompemos, buscamos el poder, matamos, secuestramos, lastimamos. La felicidad es como el santo grial en la corte del rey Arturo, nadie la valora cuando está, pero se le echa de menos cuando se ha ido; es como el tiempo, todo el mundo habla de él pero nadie puede atraparle.
La mayor felicidad es el deber cumplido, reconocer en qué consiste el deber de cada cual, aquel que los hados del destino nos han asignado a manera de vocación y cumplirlo cabalmente. Y la mayor infelicidad, la peor angustia, el dolor más lacerante, es darse cuenta que debemos estar haciendo otra cosa y no la estamos haciendo, amar a nuestra pareja, a nuestro hijos y no estarlo haciendo, saber que nuestra vocación es otra y estar esclavizados a un trabajo que nos mata el alma segundo a segundo, en una lenta y dolorosa agonía.
La mayor felicidad según se dice no está en hacer todo lo que se quiere, sino en querer todo lo que se hace, la felicidad más sublime no consiste, según entiendo, en estar siempre riendo en una absurda fiesta que nunca acaba, sino en tener nuestra alma en paz, esa paz que sólo se encuentra tras el deber cumplido. Y cuando alguien cumple con su deber se dice de ese alguien que es una persona ETICA.
Así pues, querido lector, aquí tienes tu respuesta ¿A quién le sirve la ética?... a todos, porque la ética es el camino que nos lleva a lo que todos los seres humanos buscamos, LA FELICIDAD.
Cuando ese hipotético interlocutor te vuelva a preguntar, ya sabes que contestarle.


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Problemas, problemas

viernes, 29 de enero de 2010 1 comentarios

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Todos nos hemos sentido mal en algún momento de nuestra vida, y no me refiero a una dolencia física o algún problema de salud, sino a un dolor psicológico. Es posible que alguna vez se te hayan juntado tantos problemas que tu vida llegó a carecer de sentido, propósito o significado.
Problemas, problemas y más problemas, todavía no terminas de resolver uno cuando otro ya te está esperando. Problemas de salud, problemas de dinero, problemas familiares, problemas con tu pareja, con tus hijos, en tu trabajo. En fin, nada parece estar bien, todo cuanto empiezas fracasa inexorablemente, te sientes abrumado, solo, confundido, incomprendido. Te esfuerzas por mantener una buena actitud pero de nada sirve, todo son problemas, problemas, problemas.
Si no te identificas con lo anterior, te felicito, pues has sabido vivir sabiamente y le has arrancado al destino uno de sus más misteriosos secretos, el de la felicidad, esa rara flor que no es de esta tierra, según decía el viejo Pitágoras. Me alegro de verdad por quienes han encontrado la fuente de la eterna juventud y han bebido de sus aguas que calman la sed de inmortalidad, por quienes han visto el rostro de la Afrodita de oro de la que hablaban los griegos y han contemplado su inmarcesible belleza. Bienaventurados, claro que sí, los que han corrido el velo que cubre el rostro de Isis, la gran madre que guarda los misterios más insondables.
Seguramente serán pocos los que han llegado a conocer la plenitud absoluta, y seguramente, también, su trabajo les ha costado. El resto de la gente estamos obligados, como decía el mítico príncipe Siddhartha, a aprender a través del dolor. No hay un ser humano, hasta donde se sabe, que no haya tenido problemas.
Posiblemente la diferencia entre los que están más cerca de ser libres y los que no, es la actitud con la que encaramos el mundo, la vida y todos sus avatares. Hay veces que sólo basta con desdramatizar las cosas que nos pasan que para dejen de ser un problema y se desdibujen hasta casi desaparecer.
Te voy a poner un ejemplo… Pregunta a algunas personas si se acuerdan de su tatarabuelo, y observarás que casi nadie se acuerda del suyo, y probablemente tú tampoco. ¿Te das cuenta que tu tatarabuelo vivió hace menos de 150 años?, ¿Te das cuenta que tú eres su descendiente directo y que posiblemente ni siquiera sepas quien fue, dónde vivió o cómo vivió?. Con esto quiero decirte que no conoces, y posiblemente no te importen los problemas de este personaje que es en una medida gracias a él que tú estás ahora leyendo estas líneas.
Así mismo, podrás darte cuenta, que dentro de 150 años, lo más probable es que NADIE SE ACORDARÁ DE TI, NI DE TUS PROBLEMAS, ni siquiera tus propios tataranietos… ¿qué tal?
Cuando me siento abrumado por mis problemas me acuerdo de este ejemplo, y esta referencia me permite desdramatizar las cosas, verlas como en realidad son, darles el valor que de verdad tienen. Cuando miro a mi alrededor y veo tanta gente que sufre de verdad, muchas veces, callada y estoicamente, cambia dramáticamente mi visión de la vida. Y me doy cuenta que todos hemos sido dotados con el don de ayudar, de servir y ser útiles en nuestra propia medida. Todos podemos embellecer un poco el mundo, dignificarlo, darle algo de luz a la vida de los demás. Y me pregunto ¿Porqué engrosar las filas de los que viven en las sombras, cuando con un pequeño esfuerzo de nuestra voluntad podemos alzar la mirada y ver el sol?
Acaso haya quien pueda decir que en el discurso todo es maravilloso, todo es fácil, pero la realidad es dolorosa, cruda y hasta brutal, y en un sentido esto es cierto. Pero en nosotros está la simple elección de padecer los problemas o solucionarlos. Si vas a una fiesta y derramas la bebida sobre tu camisa, puedes ir a tu casa y cambiarla por una limpia; si se acaban los neumáticos de tu auto, los cambias por unos nuevos; si te equivocas al dar una instrucción con algún programa en tu computadora sólo oprimes Control+Z y das marcha atrás. Pero si echas a perder tu vida, no podrás ir a tu casa a cambiarla por una limpia, ni comprar una nueva, ni oprimir Control+Z. El vector de la vida sólo apunta hacia el futuro y lo hecho, hecho está. Desde mi punto de vista, lo único que posees, es ese punto infinitesimal en el tiempo que es el eterno presente. Y es tan fugaz que ahora ya es pasado, y si no lo aprovechas, si dejas que tus problemas eclipsen las posibilidades del “aquí” y el “ahora”, la vida se te escurrirá sin siquiera darte cuenta.

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El poder del conjunto

lunes, 18 de enero de 2010 0 comentarios

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A decir de los expertos el ser humano es un ente social, es decir, que las personas por natural tendencia buscamos vivir en comunidad. Y de hecho es así, basta con observar nuestra conducta para darnos cuenta de la interdependencia entre las personas, en la mayor parte de los aspectos de nuestra vida. De esta forma conviene tener claro que la calidad de nuestra propia vida, no sólo depende de un esfuerzo propio de autoformación y superación individual, sino que la forzosa convivencia con otros seres humanos, define una parte bien importante de la calidad con la que vivamos.
Simplemente reflexionemos sobre la manera tan importante de cómo nos afecta en nuestro comportamiento cotidiano el sentirnos amados, aceptados y respetados o no. Me atrevo a decir que todos nuestros tráumas, carencias y complejos, tienen su raíz precisamente en un trato desafortunado con los demás, ya sea nuestra propia familia o cualquier otro grupo humano con el que por alguna circunstancia tenemos, o hemos tenido que convivir.
Así pues, lo aceptemos o no, estamos obligados a relacionarnos con otras personas de una forma u otra. Y siendo así, lo que resulta más sensato es esforzarnos y estar siempre atentos para que las relaciones que establezcamos con los otros sean en la medida de lo posible, lo más impecables y sanas. Este simple hecho no sólo nos va a evitar un sin número de situaciones incómodas y dolorosas en el futuro, sino que nos abrirá puertas a oportunidades insospechadas.
Por otro lado, lo más probable es que más de una vez hayamos unido nuestros esfuerzos con los de otras personas para conseguir un objetivo en común (pareja, familia, escuela, trabajo, etc.). Y nos habremos dado cuenta con ello de lo difícil que llega a tornarse no sólo la convivencia sino el trabajo en común para hacer que ese conjunto de personas armonice sus esfuerzos al compás de un ritmo eficiente. Con todo ello resulta claro que muchos prefieren trabajar solos, dado que así no tienen que darle cuentas a nadie, no tienen que soportar la ineptitud, irresponsabilidad, o hasta la estupidez de los otros. Sin embargo quienes actúan de esta manera, ciertamente se evitan muchas molestias y enfados, pero por otro lado se pierden, y esto lo señalo enfáticamente, de la magia que genera el trabajo en equipo, y junto con ello las bondades que reciben todos los que participan con paciencia, generosidad y entusiasmo en cualquier proyecto en donde estén implicadas dos o más personas.
El estóico Marco Aurelio, sapientísimo emperador filósofo de tiempos del imperio romano, señaló una vez: “Lo que es bueno para la abeja, no siempre es bueno para la colmena. Pero lo que es bueno para la colmena, siempre será bueno para la abeja”. Y es que tratar de transmitir a través de una definición, las enormes bondades que reciben quienes generosamente aportan su esfuerzo y su energía a la comunidad, es tan inútil como pretender que alguien sepa a qué sabe el pastel de chocolate sólo explicándoselo. Para saberlo tiene que probarlo, sentir su textura, su sabor.
Pongamos otro ejemplo, sólo las parejas que se esfuerzan por superar sus diferencias, de cara a vivir con armonía su relación, puedes saborear las mieles del verdadero amor en pareja. Cosa que jamás entenderá quien de forma egoísta sólo busca su propio beneficio sin importarle el bienestar de los otros, por más que se lo expliquen.
Y pensando en todo lo dicho, ciertamente toma una gran importancia ese viejo proverbio que dice: “Una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones”. Concluyo con dos reflexiones, Cuando formemos parte de una cadena, esforcémonos por no ser el eslabón más débil. Y por otro lado, transmitamos nuestro saber por humilde que sea, para que los eslabones que se sientan más débiles, puedan sacar de las insondables y misteriosas profundidades de su espíritu, esa fuerza que todos llevamos dentro, y que cuando se manifiesta nos convierte en gigantes.

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Virtudes y defectos

viernes, 8 de enero de 2010 1 comentarios

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Te propongo hacer un ejercicio, toma una hoja de papel y un bolígrafo y haz una lista de todos tus defectos, de todo aquello que tú sabes que te impide conseguir tus sueños más anhelados. Sobra decir que debes ser lo más sincero posible, nada de tretas ni autoengaños. Repasa una y otra vez la lista para ver si no se te ha escapado nada, por insignificante que sea.
Muy bien, ahora toma otra hoja de papel y haz exactamente lo mismo pero con tus virtudes…
No sé si sea tu caso, pero la mayor parte de las personas solemos enfocar gran parte de nuestra atención y nuestra energía en observar nuestros defectos, carencias y limitaciones. Tanto, que nos es más fácil enumerar éstos, que señalar objetivamente nuestras virtudes. A mucha gente se le educa para sentir que no vale nada y que reconocer una virtud propia es un acto de soberbia y vanidad, y así en ese equivocado afán de humildad, vamos por la vida exhibiendo nuestras miserias y carencias como si fueran un premio, y ocultando nuestras virtudes como si fueran una maldición.

Si esto solamente quedara en simples definiciones no pasaría gran cosa, pero el problema es que esta alienación la llevamos hasta el límite de edificar nuestra vida en base a nuestras carencias. Y es así que cuando sentimos que nadie nos quiere, vamos por ahí demandando amor, caricias, atención y la forma en que nos relacionamos con el mundo es a partir de esas carencias.
El viejo Aristóteles nos decía que los defectos son como huecos, como cosas vacías, inexistentes. Y sostenía que es un trabajo verdaderamente inútil luchar en contra de nuestros defectos, pues esto equivale a declararle la guerra a un enemigo que no existe. Lo que él propone es trabajar a favor de nuestras virtudes, pues ello es lo que sí existe en nosotros. Los defectos es lo que nos falta, las virtudes es lo que sí tenemos.
Haz la prueba y verás que es cierto, después de un tiempo tu alma se acostumbrará a ver lo que otros no ven, ya que casi todos estamos acostumbrados a ver y señalar los defectos de los demás y en base a ello los juzgamos. Y por estar siempre atendiendo lo que los otros no son, dejamos pasar la oportunidad de ver lo que si son.
Todos tenemos defectos, es cierto, pero si aprendemos a mirar tanto en nosotros como en los demás la virtud, nos daremos cuenta que en cada persona hay un poquito de magia. Todos, por pequeños que seamos, llevamos una luz con la que podemos iluminar y embellecer el mundo.




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Esa bestia que todos llevamos dentro

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Hay en cada uno de nosotros un aspecto que nos emparenta con el reino mineral, que es la materia con la que está formado nuestro cuerpo. También hay otro aspecto que nos relaciona íntimamente con el mundo vegetal, es decir, el esquema biológico que le otorga vida a esa materia. De la misma forma, otra parte nuestra es común con el reino animal, nuestras emociones, instintos y los pensamientos más elementales. Y por supuesto ese otro elemento que nos distingue del resto de los reinos de la naturaleza, cuando menos hasta donde los conocimientos de la ciencia han llegado. Este elemento es nuestra mente.
Más allá de todo esto hay un “algo” misterioso que se escapa a nuestro entendimiento, y todo cuanto podamos decir de eso ha de quedar hoy por hoy en el terreno de la especulación. Solamente puedo señalar que desde la más remota antigüedad los hombres más preclaros y las culturas más prominentes han afirmado que es ahí donde está el origen de todas las cosas.

Pero regresando al tema que nos ocupa, es posible afirmar que, desde cierto punto de vista hay dentro de cada uno de nosotros una bestia, un animalito, que está ahí nos guste o no. Para poder entender mejor a esa bestia que está integrada en nosotros basta con que observemos la conducta de cualquier animal, alguna mascota como puede ser nuestro perrito. Este simple ejercicio nos ayudará a conocer al animalito que vive dentro nuestro.
Así podremos identificar cómo nuestra conducta como seres humanos está muy influenciada por una fuerte carga emocional e instintiva. Simplemente observemos que casi toda la publicidad recurre a nuestros instintos para seducirnos y hacer que adquiramos un bien o servicio, estimulando nuestros instintos sexuales, nuestro apetito de poder o nuestra necesidad de sentirnos seguros o confortables, etc.
Igualmente, cómo entender a Napoleón Bonaparte sin su amada Josefina. Definitivamente la historia del gran corso no hubiera sido igual sin la presencia de esta arrebatadora mujer que tanto lo inspiró. O bien, la guerra de la legendaria Troya si Paris no hubiera raptado a Elena. O la segunda guerra mundial sin el odio irracional que Hitler tanto profesó al pueblo judío.
Pero sin ir más lejos, nosotros, cada uno de nosotros cuántas veces hemos dicho que sí queriendo decir que no, o lo contrario. Cuántas veces hemos actuado llevados por la ira, o por el miedo, o la envidia, o los celos, o la excitación sexual. Con esto nos podremos dar cuenta de la gran influencia que tiene nuestra bestia interior sobre nuestra vida, a veces pensamos que “pensamos”, pero nos sorprenderíamos de saber que muchas veces nuestra mente no está al servicio de la razón como muchos creen, sino del tiránico mandato de nuestras emociones descontroladas y nuestros instintos.
Entonces ¿hay que matar a la bestia?...
Yo digo que no, por eso te aconsejaba observar la conducta de los animalitos. Te darás cuenta que una mascota mal educada es un verdadero tirano que siempre hace lo que le viene en gana y no escatima en recursos para obtener lo que quiere. En tanto que otra bien educada es dócil y hasta encantadora, sin por ello perder su dignidad. Yo pienso que nuestra bestia interna debe ser educada y cuidada con esmero y disciplina como un buen jinete lo hace con su corcel, para que esta forma quien gobierne sea el jinete y no el caballo.
Yo se que se dice fácil, pero bien vale la pena imprimir un genuino esfuerzo en ello, que al final del camino conseguirás una psique limpia y sana en donde fácilmente anidará la felicidad.


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Una habitación con muchas puertas

miércoles, 6 de enero de 2010 0 comentarios

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Imagina por un momento que tú vives en una habitación que tiene muchas puertas. Tiene tantas, que no las has abierto todas, algunas porque no ha habido necesidad de que las abras, y otras porque ni siquiera sabes que están ahí, posiblemente están cubiertas por algún mueble o algún otro objeto grande. Imagina también que de todas esas puertas algunas te conducen a lugares muy bellos, otras te llevan con personas a las que quieres mucho y su presencia te hace sentir bien. También las hay que te llevan a sitios tediosos y aburridos, o aquellas que te conducen a lugares en donde la diversión nunca termina.
Pero hay otras, que te transportan a lugares horribles y tenebrosos, algunas te llevan a sitios en donde se despiertan en tí las más bajas pasiones, o que te hacen sentir una ira incontrolable, o angustia y ansiedad, o miedo. Y hay las que te llevan a parajes en donde sientes inevitablemente mucho dolor.
Existen quienes saben distinguir sabiamente unas puertas de otras y solo eligen las que les brindan sentimientos edificantes, evitando en lo posible las demás. Pero también hay quienes tienen la patología de entrar una y otra vez por aquellas puertas que de antemano saben que les van a propiciar dolor, y han desarrollado una malsana necesidad de ir a esos nefastos lugares.
Ahora bien, imagina que tu mente, y la de cualquier persona es una habitación como la de nuestro ejemplo, y las puertas representan nuestros recuerdos y experiencias. Pero hay dos puertas que son diferentes al resto, la primera de ellas no te conduce a ninguna experiencia pretérita sino que te lleva a la vida en tiempo real, a lo que está sucediendo en el eterno presente. Y la otra es la más misteriosa de todas las puertas de la habitación en la que vives, porque esa puerta te conduce al futuro, a las cosas que todavía no suceden. Es una puerta que está bien cerrada y al parecer tú no tienes la llave que la abre, tan sólo escuchas de vez en cuando ruidos y rumores. Existen rumores de personas que afirman haberla abierto y que conocen el futuro.
Bajo este esquema, es posible observar varias cosas. Hay personas que viven en una habitación amplia, limpia, confortable, luminosa llena de objetos bellos y elegantes, esas personas viven felices y en paz en su habitación. Y en oposición hay quienes viven en una habitación estrecha, oscura, desordenada, sucia.
Entre estos dos extremos nos encontramos el resto de las personas, así entonces, hay miles de matices de estados de conciencia. Y a partir de ello podemos pasarnos horas y horas especulando sobre las diferentes configuraciones que pueden llegar a tomar las habitaciones de las personas. Hay personas, de hecho, que han dedicado su vida a estudiar esas habitaciones, ellos se hacen llamar psicólogos.
Cuando representamos nuestra mente con una habitación con muchas puertas, nos es más fácil entender muchas cosas, como por ejemplo, hay personas que por mala cultura suelen, como decía al principio, buscar cosas que las lastiman, y es así que se la pasan subordinando su presente a experiencias dolorosas que han vivido. Y así nos encontramos al que piensa que todas las mujeres son tontas, o malas, o a la que piensa que todos los hombres son traicioneros, o el que se la pasa demostrándole a su padre que “no es un tonto”, como siempre se lo dijo su progenitor. También hay personas que se la pasan autocastigándose porque en algún momento de su vida hicieron algo que le ocasionó daño a algún ser querido, y sienten que son malvados. Y un largo etcétera de casos, algunos que nos pondrían la carne de gallina.
Las puertas de nuestra habitación que nos llevan a lugares donde nos sentimos libres y felices, son verdaderos tesoros que nos sirven como vitaminas en esos otros momentos de nuestra vida en donde necesitamos algo de dónde asirnos para seguir adelante. Es tranquilizante saber que siempre hay lugares en nuestra mente que nos dan paz, energía y consuelo en momentos críticos. Sin embargo hay que estar siempre muy atentos para no abrir esas otras puertas que nos roban esa misteriosa materia protéica con la que está hecha nuestra existencia. La vida es una oportunidad, que no debemos desperdiciar en estar tristes o enojados, o sintiéndonos culpables, o estando siempre temerosos en cualquier rincón. No abras esas puertas, pues si nos ha sido dado el poder del discernimiento y el sentido común, elige estar en paz que tu alma te lo va a agradecer.


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