Aunque suene algo pesimista yo creo que la vida es un camino lleno de dolor, aunque por supuesto no todo es sufrimiento. Lo que quiero decir con esto, es que el dolor es algo inexorable en nuestra existencia y desde cierto punto de vista es un gran maestro que nos enseña cosas de gran valor. El viejo príncipe Siddhartha nos ha enseñado que el dolor es vehículo de conciencia, es decir, que en todo lo que nos duele tenemos una invaluable oportunidad de aprender una valiosa lección. Podemos encarar las cosas que nos duelen de dos formas, una soportando estólidamente el dolor con la inútil esperanza que aquello que nos lo causa, desaparezca por sí solo.
O bien podemos afrontar el problema y resolverlo, para que la siguiente vez que se nos presente una experiencia parecida, ya no nos cause dolor. Creo que es más que evidente que quienes siguen el segundo criterio, se van liberando poco a poco hasta que un día sin siquiera pensarlo, caerán en la cuenta que han conseguido el más valioso de los bienes una paz interior que nada puede turbar ni destruir. Sin embargo debo aclarar que no es lo mismo el dolor que el sufrimiento, el primero, como dijimos antes es inexorable, nadie está exento de cosas como la enfermedad, la vejez, la muerte, la pérdida de cosas que nos son importantes, etc. Pero el sufrimiento es algo que nosotros podemos tomar o dejar, dependiendo de nuestro valor, nuestra conciencia y nuestra fuerza de voluntad. Los Estóicos sostenían que HAY COSAS QUE DEPENDEN DE NOSOTROS Y COSAS QUE NO. El dolor no depende de nosotros, pero el sufrimiento sí. Algunas personas han aprendido a vivir como víctimas y ellos vegetan en un infierno de horribles sufrimientos, todo lo que les pasa tiene un significado trágico y funesto. Sufren porque no los quieren, pero también porque los quieren, ya que piensan que no se lo merecen, sufren por el clima, por la economía, por su fealdad, por su estupidez, por su edad, por su sexo, por la vida desafortunada que les ha tocado, porque nadie los respeta, porque nada les sale bien, por la familia que les ha tocado, por la pareja que les ha tocado, por los hijos que les han tocado, por los vecinos que les han tocado. Estas personas no solo sufren, sino que exhiben sus miserias como si de un premio se tratara, buscando quizás, que los otros se den cuenta de cuánto sufren y les resuelvan la vida mientras ellos sólo se quejan y se quejan, pero no hacen nada para evitarlo. Pero también están los mártires, aquellos que sufren pero en silencio, viéndose a sí mismos como víctimas inocentes de una existencia injustamente cruel y desafortunada, y esperando que el resistir y resistir, termine por purificarlos y hacerlos buenos y así “ganarse el cielo”. Ciertamente yo no tengo forma de demostrar que el cielo y el infierno existen o no existen, cuando menos tal como se han enseñado en la tradición judeocristiana, es decir, lugares de goce o castigo eterno, respectivamente. Pero estoy convencido que hay personas que por su ignorancia o su estupidez crean su propio infierno aquí en esta vida. En tanto que otras gracias a su esfuerzo y valor construyen un cielo en la tierra y en él viven de manera gozosa y feliz. Estoy consciente que esto puede incomodar a algunos, pero si lo vemos objetiva y desapasionadamente, no nos costará trabajo darnos cuenta que la vida no es algo que ya esté escrito, sino que la vamos edificando cada quien con cada decisión grande o pequeña. Nuestra vida es la suma de todas las cosas que hemos hecho, y también de las que hemos dejado de hacer, por valor o cobardía. Nuestra vida es el resultado de todas las decisiones que hemos tomado. Y como siempre pasa, de cara a este panorama podemos tomar dos posturas, lamentarnos por todo lo malo que es nuestra existencia, o bien, reconocer que la vida de cualquier persona es una misteriosa mezcla de aciertos y errores. Si fuéramos capaces de reconocer con naturalidad y dignidad nuestros aciertos y perdonarnos por nuestros errores y simplemente aprender de ellos, nos daríamos cuenta que soltamos una pesada carga que nadie nos ha obligado a llevar. Finalmente, habremos de reconocer que si nuestro presente es el resultado de todas y cada una de las decisiones que hemos tomado, nuestro futuro será el inexorable resultado de las decisiones que habremos de tomar a partir de este justo momento. Pregúntate, cuántas oportunidades de ser feliz o de estar en paz simplemente has desperdiciado, por estar atendiendo tus propias miserias, por estar sintiendo lástima por ti mismo, por estar enojado porque algo no salió como tú querías. En suma, cuántas veces has elegido sufrir. Si el sufrimiento es una elección que está dentro del ámbito de tu voluntad no elijas estar enojado, o angustiado, o triste o apático o con miedo. Siempre, siempre, siempre elige no sufrir.
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Había una vez dos monjes Zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio. Cuando llegaron al río una mujer lloraba en cuclillas cerca de la orilla. Era joven y atractiva.
- ¿Que te sucede? – le preguntó el más anciano.
- Mi madre se muere. Ella esta sola en su casa, del otro lado del río y yo no puedo cruzar.
Lo intente – siguió la joven – pero la corriente me arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda… pensé que no la volvería a ver con vida. Pero ahora… ahora que aparecisteis vosotros, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar…
- Ojalá pudiéramos – se lamento el más joven. Pero la única manera de ayudarte sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Eso esta prohibido… lo siento.
- Yo también lo siento- dijo la mujer y siguió llorando.
El monje mas viejo se arrodillo, bajo la cabeza y dijo:
- Sube.
La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su atadito con ropa y montó a horcajadas sobre el monje. Con bastante dificultad el monje cruzó el río, seguido por el otro más joven. Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acerco en actitud de besar las manos del anciano monje.
- Está bien, está bien- dijo el viejo retirando las manos, sigue tu camino.
La mujer se inclinó en gratitud y humildad, tomo sus ropas y corrió por el camino del pueblo. Los monjes, sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio… faltaban aún diez horas de caminata. Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:
- Maestro, vos sabéis mejor que yo de nuestro voto de castidad. No obstante, cargaste sobre tus hombros a aquella mujer todo el ancho del río.
- Yo la llevé a través del río, es cierto, ¿pero qué pasa contigo que la cargas todavía sobre los hombros?
La psique es uno de los lugares más fascinantes, a la vez que desconocidos de ese misterioso continente que es la personalidad humana. En ella viven los demonios más aterradores, así como los genios más poderosos. Ese enigmático campo interior nos seduce y nos reta continuamente, nos susurra al oído misteriosos sortilegios que hacen que nuestra conciencia se estremezca. Ahí se encuentran las claves y las respuestas de nuestra conducta, de nuestros miedos, de nuestros complejos. Pero también es ahí, resguardada por las más terribles entelequias, que se encuentra la puerta misteriosa que nos lleva a la tan buscada felicidad.
La proteica materia con la que está hecho el mundo psicológico es siempre cambiante, engañosa y sutil. A veces es francamente frustrante saber que es ahí donde está la clave de nuestra conducta, y cuando pensamos que la hemos atrapado, se nos escurre una y otra vez como arena entre los dedos, mil veces se nos escapa como si quisiéramos atrapar un pez con las manos desnudas. Y es precisamente, desde ese campo interior de donde surge nuestro diálogo con el mundo, nuestro discurso. ¿Te has fijado que hay personas con las que al platicar siempre terminas hablando de lo mismo?, por ejemplo, hay quienes terminan platicándote de futbol, no importa cual sea el tema con el que haya empezado la plática, y no importa tampoco las veces que platiques con ellos, pues siempre terminan hablando de lo mismo. Otros terminan hablando de religión, otros terminan siempre quejándose o criticando, hay quienes inexorablemente terminan hablando de sexo, o de sus glorias pasadas, o de sí mismos, o de política. Por supuesto que siempre nos es más fácil ver con objetividad la vida de los demás, sus complejos, sus defectos, sus equivocaciones y ocasionalmente sus virtudes (siempre y cuando el reconocerlas no nos confronte). Y como prueba de ello, pon atención en un hecho bastante significativo, todos tenemos el mejor consejo y la mejor opinión para los problemas ajenos. En una gran medida, esa morbosa satisfacción que obtenemos criticando a los demás , se debe a la sensación de aparente superioridad que experimentamos en “darnos cuenta” de algo que la víctima de nuestra crítica no ha observado. Así, formamos ante nosotros mismos una imagen nuestra de inteligencia y astucia. Y de esta forma muchos de nosotros vamos por la vida sintiéndonos muy listos, porque nadie puede engañarnos, pues sabemos “de qué pié cojean” todos los que se nos acercan. Sin embargo, considero sinceramente que no hay ventaja alguna en ser expertos en reconocer los errores de los demás, debido a que nuestros defectos representan el conjunto de las cosas que no somos. Por lo que esto es simplemente una lamentable pérdida de tiempo. Por otro lado, quienes han invertido su tiempo en la inútil tarea de ser “buenos críticos”, es muy probable que no sean conscientes de sus propios defectos y de su propio discurso con el mundo. Porque así como hay quienes siempre conducen sus pláticas a un tema en concreto sin darse cuenta, nosotros también tenemos nuestro propio discurso, y por estar viendo la paja en el ojo ajeno no vemos la viga en el propio. Verdaderamente es atemorizante emprender ese viaje interior del que nos hablan todas las culturas de la antigüedad, pues como te decía al principio, ahí se esconden los espectros más aterradores pero también ahí están los secretos de nuestro propio poder, esos secretos que pueden convertirnos en poderosos gigantes blancos. No en vano se leía en el legendario oráculo de Delfos en la Grecia antigua: “Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás al universo y a los Dioses”. Las personas preferimos ver los defectos de los demás porque nos da miedo ver que los nuestros son iguales o peores, nos da miedo reconocer nuestro propio egoísmo, nuestra propia mediocridad, nos da miedo reconocer nuestra cobardía, nuestro dolor, nuestro enojo, nos da miedo reconocer que no siempre tenemos la razón, que no somos tan simpáticos o inteligentes como siempre lo hemos creído. Estos y mil defectos más que nos amenazan desde la sombra de nuestro subconsciente. Sabemos que están ahí y asumimos que son poderosos y nos causarán mucho daño y mucho dolor si los vemos de frente. Así que los encerramos en el complejo laberinto de nuestra psique, tal y como hiciera con el terrible Minotauro, el mítico rey Minos de Creta. Ocultamos nuestros defectos, y luego ingenuamente pretendemos olvidarlos, en un vano esfuerzo por ver si algún día, simplemente han desaparecido. Y para que ese olvido sea más efectivo, enfocamos nuestra atención en señalar los defectos de quienes nos rodean. Sin embargo, hay algo irónico y hasta cómico en todo esto, ESOS DEFECTOS QUE CON TANTO EMPEÑO NOS HEMOS ESFORZADO EN OCULTAR, YA TODO MUNDO LOS CONOCE. ¿No te parece gracioso?. ¿Te has preguntado de qué terminas hablando siempre tú?, ¿Cuál es tu propio discurso? Ahora bien, a mi entender, lo fundamental no es esencialmente saber en qué consiste nuestro propio discurso, sino cuál es la razón por la que siempre tenemos en la mente ese tema, al punto que no solo nuestras conversaciones giran en torno a ello, sino toda nuestra vida. Este juego que nos hace ver ridículos, solo tiene una forma de resolverse, y esa forma es dejando de rehuir ese inexorable encuentro con nuestro YO interior. Y si ahora te estás preguntando ¿pero cómo se hace eso?. La respuesta es mucho más simple de lo que imaginas, pero en esa simpleza radica al mismo tiempo una enorme complejidad. La respuesta es NO TE MIENTAS NUNCA, no pretendas fingir que algo no pasa cuando sí pasa, no te engañes pensando que alguien va a venir a resolver tus propios problemas, no eches la culpa a los demás de lo que pasa en tu vida, no sientas lástima por ti mismo, esfuérzate por ver siempre las cosas como son y no como a ti te gustaría que fueran, no dramatices, dale a cada cosa su justo valor, admite cuando estás equivocado, reconoce en silencio las virtudes de los demás. ¿Esto va a hacer que tu discurso desaparezca?, no, la respuesta es que no, lo que conseguirás es darle una calidad superior. No es lo mismo el discurso, es decir las palabras y los actos de una persona cuya conciencia está dormida y a lo que más aspira es a ser aprobada o aceptada, a ser popular, a satisfacer sus egoístas necesidades, que el de otra persona cuya conciencia decantada busca ávidamente la belleza, la justicia, busca servir y socorrer a los más necesitados, busca atenuar el dolor de los oprimidos o de los menesterosos. Más concretamente, no es igual el discurso de un sacerdote pedófilo y egoísta, o el de un político corrupto y demagogo, que el de la madre Teresa de Calcuta, o el de Mahatma Gandhi. Estimado lector solo necesitas un estímulo para empezar a transmutar tu discurso… ¡creer que es importante hacerlo!
“Estos VERSOS ÁUREOS constituyeron la arquitectura moral de la antigua escuela pitagórica de Crotona, en la Magna Grecia. Se recitaban allí colectivamente, al compás de la lira, a la salida del sol, y al ponerse el astro de día. Constituían el tema básico de la meditación de los pitagóricos durante las introspecciones de la jornada. Y en la autodiscriminación nocturna, al analizar los actos del día, confrontaban los afiliados a la escuela los actos cumplidos con la áurea línea de conducta diseñada en las distintas etapas de formación interna que los didácticos "Versos", como norma y actitud moral, tendían a presidir y siempre a ejemplarizar.
Constituían por tanto, la línea insobornable de conducta, la razón y la guía de aquella institución modélica. Cada una de las cuatro etapas que estructuraban el sistema completo del instituto pedagógico, tenía por divina la fracción correspondiente de los VERSOS, así como su exégesis y comentarios de tipo creador servían de base a una de las más interesantes modalidades de la formación del educando”. (Josefina Maynadee)
Honra ante todo a los dioses inmortales según establece la ley. Respeta la palabra dada. Honra luego a los héroes glorificados, y consagra por fin a los genios terrestres, rindiéndoles también debido culto. Honra a tu padre, a tu madre y a tus próximos parientes. Escoge por amigo al más destacado en virtud, atiende sus dulces advertencias, y aprende de sus ejemplos. Discúlpale sus faltas mientras puedas, evitando todo juicio severo; ya que lo posible se halla cerca de lo necesario. Sé razonable. Acepta las cosas como son. Acostúmbrate a vencerte. Sé sobrio en el comer, activo y casto. Nunca cometas actos deshonestos de los que puedas luego avergonzarte, ni en privado ni en público. Ante todo, respétate a ti mismo. Observa la justicia en acciones y palabras. Nunca te comportes si-n regla ni razón. Piensa que el Hado ordena a todo morir, y que los fáciles honores y bienes de fortuna son inciertos; que las pruebas de la vida vienen por voluntad divina. Sea adversa o favorable, alégrate siempre de tu suerte, mas trata con noble tesón de mejorarla. Piensa que el destino es más benévolo para los buenos que comprenden y a sus designios se ajustan. Mucho se habla y mucho se enjuicia sobre diversos temas. No los acojas con admiración ni tampoco los rechaces. Más si advirtieres que el error triunfa, ármate de paciencia y de dulzura. Observa estas razones en toda circunstancia: Que nadie te induzca con palabras o actos a decir o a hacer lo que no te corresponda. De insensatos es hablar y obrar sin premeditación. Consulta, delibera, y elige la más noble conducta. Trata de edificar sobre el presente lo que ha de ser realidad futura. No alardees de lo que no entiendas, pero aprende siempre y en toda circunstancia, y la satisfacción será su resultado. Jamás descuides la salud del cuerpo. Dale con mesura comida, bebida, ejercicio y descanso, ya que armonía es todo aquello que no perjudica. Habitúate a vivir sencilla y pulcramente. Evita siempre provocar la envidia. No realices dispendios excesivos como aquellos que ignoran la medida de lo bello. No seas avaro ni mezquino, y elige en todo un justo medio razonable. No te empeñes en hacer lo que pueda perjudicarte. Reflexiona bien antes de obrar. No permitas que cierre el dulce sueño tus párpados sin analizar las acciones del día. ¿Qué hice? ¿En qué falté? ¿Qué dejé de hacer que debiera haber hecho? Y si en el examen hallas falta, trata de enmendarte; mas si has obrado bien, regocíjate de ello. Trata de practicar estos preceptos. Medítalos y ámalos, que ellos te conducirán por la senda de la virtud divina. Lo juro por Aquel que ha transmitido a nuestra alma la Tetrada Sagrada, inmenso y puro símbolo, fuente de la naturaleza, de curso eterno. No inicies obra alguna sin antes rogar a los dioses que en ella colaboren. Y cuando te hayas familiarizado con estas costumbres, sondearás la esencia de hombres y dioses y conocerás, de todo, el principio y el fin. Sabrás también oportunamente la unidad de la naturaleza en todas sus formas. Nunca entonces esperarás lo inesperable, y nada te será ocultado. Sabrás también que los males que aquejan a los hombres han sido por ellos mismos generados. En su pequeñez, no saben ver ni entienden que tienen muy cerca los mayores bienes. Pocos conocen e1 secreto de la felicidad, y ruedan como objetos de acá para allá, abrumados de múltiples pesares. La aflictiva discordia innata en ellos limita su existencia sin que se den cuenta. No conviene provocarla, sino vencerla, a menudo, cediendo. O Zeus inmenso, padre de los hombres! Tú puedes liberar a todos de los males que les agobian si les muestras el genio que les sirve. Mas ten valor, que la raza humana es divina. La sagrada naturaleza te irá revelando a su hora, sus más ocultos misterios. Si te hace partícipe de ellos, facilmente lograrás la perfección. Y sanada tu alma, te verás libre de todos los males. Ahora abstente de carnes, que hemos prohibido en las purificaciones. Libera poco a poco tu alma, discierne lo justo, y aprende el significado de las cosas. Deja que te conduzca siempre la inteligencia soberana, y c uando emancipado de la materia seas recibido en el éter puro y libre, venceras como un dios a la muerte con la inmortalidad.
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